‘San Borondón’

San Borondón

Tenerife, febrero. El invierno da sus primeros compases acompañado del sonido de murgas y comparsas.  Es nuestro décimo aniversario y este año hemos decidido que nos alejaremos del ritmo y color del carnaval chicharrero.

Hugo, como siempre, consigue sorprenderme. Nos iremos al Hierro. A un pequeño apartamento al Mar de las Calmas. Será toda una aventura. Llegaremos hasta allí en un velero que un buen amigo le ha prestado para la ocasión. Partiremos esta misma noche.

Empezamos el viaje a la hora prevista.Vemos ya a lo lejos las luces parpadeantes que parecen bailar  a ritmo de batucada.

Una niebla espesa  nos acompaña, el mar que parecía tranquilo se torna rabioso por esta nueva compañera. Las olas, cada vez de mayor tamaño empiezan a inundar el velero. Escuchamos un sonido muy fuerte y rodamos por la cubierta. Hemos chocado contra unas rocas. El barco es ingobernable, va sin rumbo, mientras una gran tormenta cae sobre nosotros.

Empiezan a aparecer los primeros rayos de luz, nos hemos quedado dormidos. El velero ha navegado solo y no sabemos dónde nos encontramos. Hugo coge el timón y ve la costa a muy pocos metros. La tormenta ha pasado y el barco no ha sufrido grandes daños, por  lo que nos acercamos. Al llegar, unos pescadores que se preparaban para faenar nos ayudan con el equipaje.  Yo no puedo quitar la vista del paisaje, y les pregunto qué dónde estamos.

Los pescadores, que no habían articulado palabra, se miran entre ellos y con una sonrisa socarrona típica canaria nos responden:- en San  Borondón, en la isla de  San Borondón-.

Uno de ellos nos acompaña al pueblo y nos cuenta que su familia nos acogerá, pero nos recordó que sólo hasta que se ponga el sol. Mientras caminamos observo que todas las casas son blancas, con sus puertas y ventanas pintadas de un verde agua que se mimetizan con el paisaje de una rojiza  roca volcánica. Hugo y yo vamos de la mano, aún no nos hemos recuperado, estamos en San Borondón, este lugar, estas casas…

El pescador saluda a un señor que está en  el camino construyendo una escultura de acero y piedra  caliza, es una auténtica obra de arte, le llama César. Nos acercamos, no hay duda. ¡César Manrique! es él.

No sabemos si salir corriendo,  pero César nos guiña un ojo, y nos dice:- disfruten de su estancia- .

Llegamos a la casa del pescador, y como en toda casa canaria nos recibieron  con abundante comida, bebida y gran amabilidad. La hija del pescador, Mararía, se encargaría de hacernos de guía. La próxima visita sería lo que llaman ‘La  casa del Libro’. La única del pueblo que rompía con la arquitectura típica de Manrique. Me quedé paralizada, la casa estaba construida con libros, mientras me acercaba, podía tocarlos, olerlos, sobre todo se podían leer. Los vecinos del pueblo se agolpaban en la inmensa casa para leer estas magníficas historias. Me pareció reconocer una de  sus portadas. Mararía nos invitó a conocer a su dueño, Don José.

Don José no hablaba bien español, tenía acento portugués, llevaba un reloj que marcaba las cuatro  de la tarde, hora en la que conoció a la que sería su mujer  como símbolo de amor hacia ella . Hugo me miró, le había reconocido y la portada que yo  había  visto: “Ensayo sobre la ceguera”, no dejaba lugar a dudas, estábamos ante  José Saramago.  Nos ofreció una larga conversación y nos contó cuánto echaba de menos Lanzarote, pero sobre todo, cuánto echaba de menos a  Pilar. Su reloj y sus  libros  eran su consuelo.

El sol estaba a punto de esconderse, Mararía estaba algo inquieta. Nos despedimos del Nobel y emprendimos camino hacia la playa. Mararía nos acompañó. Entre las embarcaciones de los pescadores, había un hombre que nos llamó la atención. Mararía se despidió y fue con paso rápido hasta su barcaza. Escuchamos que  le llamó Rafael.

Mientras Hugo preparaba el velero yo les observaba. Se subió con él. “Ella de silueta alta y  oscura  y los ojos que le brillan como el bronce de las pequeñas campanas”, recordé este pasaje  que había leído en mis años de estudiante mientras ellos se adentraban mar adentro y  a  lo lejos pude leer una inscripción en la barca: “Mararía”. Entonces comprendí, era él, ¡Rafael Arozarena! Y el pasaje que recordaba de su libro del mismo nombre, dedicado a aquella joven protagonista del mismo.

Hugo y yo volvíamos a casa, no nos dirigíamos la palabra, nos alejábamos sin mirar atrás por si se perdía la magia. Y a lo lejos, nos llegaba el sonido inconfundible de un timple que parecía que lloraba  y como la lava emerge de un volcán, salió la voz de su garganta. Nos giramos. Y  el mítico sabandeño Manolo Mena cantaba: “Aquel pequeño cantor  que cantaba entre barrotes…” y al compás de una folía navegamos y volvimos a casa entre murgas y comparsas.

 

4 Comments on ‘San Borondón’

  1. Que bonito y que Canario!! (Aplausos) Me encantó!

  2. Muy guapo y original tu escrito. Lleno de candor y ternura. Te felicito. Saludos!!

    • Muchísimas gracias.Me emociona y alienta a seguir escribiendo tu comentario.
      Es por estas cosas por la que vale la pena hacerlo.

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