NaviDalí

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¡Qué calor! el aire pesa. Para comenzar diciembre y andar bajo el parpadeo de las luces navideñas, este incómodo bochorno parece presagiar alguno de esos temporales a los que ponen nombre de mujer o lo que demonios  sea.

NaviDalí‘, la nueva exposición del Círculo de Bellas Artes. Navidad y Dalí, ahí no estuvieron finos. ¡Vaya nombre para tremendo artista! El comienzo se retrasa, la multitud se agolpa a las puertas y yo ya parezco un grifo abierto, mala combinación. Bochorno, las masas, una bufanda y mis sudores hormonales que mojan los cuatro pelos que con poca gracia peiné para la ocasión.

Se abren las puertas y vamos entrando como almas que lleva el diablo. Nadie quiere perderse al genio.Una escalera llama mi atención, y antes de ver al todopoderoso Dalí, subo para perderme entre el resto de obras de la galería.

Los ojos no me alcanzan, el ruido me taladra y no consigo saber qué posición es la adecuada para ver bien sin molestar al resto.

La chaqueta y la bufanda en una mano, el bolso que me pesa en otra, sudo, sudo mucho y tengo la boca seca, camino despacio y me voy parando. Una tras otra, los ojos rayados y unas ganas inmensas de llorar. No, no sé bien por qué.

Un trozo de pared feminista llena de magníficos retratos. Fotos pintadas en las que sientes que puedes reexposicionspirar. Pero uno, hay uno que parece que me llama. La arena mojada. El horizonte que queda lejos, muy lejos. Como siento yo a veces que está mi vida, de futuro incierto en tonos claros en el mejor de los casos, oscuros, cuando peor me levanto.

Y el azul, inmenso y tornasolado. Se mueve y me balanceo en él. Siento un leve mareo, tengo sed, pero me llega la brisa de la orilla del mar, cuando rompen las olas y te salpican la cara.img-20161202-wa0009

Y esas pisadas, inquietantes y en zigzag. Que se hunden a su paso. Un paso de un caminar cansado, cansado pero tranquilo a su vez.  Y la figura de una mujer. Que se aleja.

¿Dónde vas? Le pregunto sin recibir respuesta. Puedo escuchar el sonido del mar en su ir y venir. Como van y vienen las personas en nuestra vida, como van y vienen los buenos y los malos momentos, así como las olas al romper en la orilla se llevan todo a su paso para luego volverlo a dejar, una y otra vez, una y otra vez.

Y así, de repente, el bochorno se torna brisa y el murmullo incesante de la multitud silencio. Y estoyfotos-exposicion siguiendo sus pasos, pisando sus huellas, hundiendo mis pies por donde ella ha caminado, estoy dentro, y los colores son más claros, como de un atardecer de otoño en cualquier playa. Ella sigue andando hacia el horizonte difuminado,  toco la arena húmeda amarillenta y me hundo en ella y la llamo. No se gira. Me quito la ropa y camino más rápido, necesito saber dónde va, necesito saber cuál es su destino.

Tras un gran esfuerzo, enterrándome en sus huellas, le grito, se da la vuelta. Y cuando veo su rostro caigo, caigo  como un fruto cae de un árbol, como un peso muerto debe caer al yacer. Soy  yo. La mujer del cuadro soy yo. Y he estado siguiendo mis propios pasos, he estado mirando sin ver. No he sabido entender que no puedo averiguar  cuál es mi destino, ni intentar adelantar un reloj sin cuerda. Por eso el horizonte lo veía desdibujado, porque el horizonte es mi futuro. Y no hay nadie que pueda conocer qué le depara, y yo en un intento de estupidez humana quise hacerlo, cuando de siempre es sabido que es mejor vivir.

Y yo no sé hacerlo, porque la incertidumbre me pesa. Cuando me pregunto qué estoy haciendo, por qué escribo y para quién. Cada palabra es un ladrillo de barro con el que levanto muros sin querer. No saber qué será de mi mañana, y verme sola como esa mujer. Esa mujer que se aleja metida en un marco, caminando descalza, cansada y titubeante. Una mujer que se llama escritora, pero ¿escritora sin nadie que la quiera leer?

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