Reto nº4: Noche de Verano…calor

noche de verano y calor

Si hay un placer al que me niego a renunciar, al que considero como un derecho adquirido  e  insustituible ni intercambiable. Ese es, redoble de tambor, dormir. Sí, así de simple soy, ya sé que estaban pensando en otros más lujuriosos y quizá más placenteros. Pero claro, en este caso quiero darle su lugar al que le  toca. A ese gran olvidado, al que sólo recordamos cuando nos falta, ese del que lofile000767734136s famosos hablan como secreto para estar así de radiantes y que no se debe a su última cirugía. Dormir es un placer necesario, y si el insomnio toca a tu puerta, soluciónalo. Chica, yo lo hice y no me arrepiento. Y digo bien, porque hasta eso nos ha tocado, dicen los estudios que el insomnio también se da más en mujeres que en hombres, otro porcentaje a nuestro favor, de los negativos claro.

Pues en una de esas noches en vela del verano pasado, Morfeo me abandonó como el desodorante en un gimnasio. Pero tampoco me importó tanto, ya que en agosto, con  35º y de  vacaciones, lo oscuro se ve más claro.

Vivo en un  piso en el centro, pero tengo un pequeño balcón donde me gusta esparcirme y expandirme. Y ya con buena temperatura y una bebida bien fría, la que sea, un libro que leer o una conversación que fluya, ya saben, para todo lo demás la tarjeta esa que anuncian en la tele.

Con una noche así y el insomnio como compañía, la lectura es tu mejor aliada. Los vapores del calor de la mañana empiezan a respirar por el asfalto, y los árboles, que quieren coger aire, parecen elevarse entre los efluvios transparentes de una ligera calima que tapa lo que desde aquí parece el brillo de alguna estrella, pero la luna llena con su luz la apagan. Y así, entre sofocos y silencios de una ciudad dormitorio, estoy entre letras, bien despierta en mi estación favorita sin mi placer deseado.

Pasando una de las páginas de ‘Poeta de Nueva York’ escucho unos pasos. Pero muy suaves. Levanto la mirada. Unos pies descalzos. En la calle. Una mujer. Podría decir que seguí leyendo sin más, pero soy curiosa, curiosa y cotilla. Una mujer, descalza. Sigo mirando, no lleva ropa, me quedo perpleja ante su total  desnudez, salvo un pequeño culote rosa palo que se confunde con el color de su piel, al menos  desde mi posición, como único elemento que le cubre. En sus hombros, un bolso de playa, negro con lunares blancos. Su pelo es muy corto, es joven. Su andar es inquieto. Al mirarla un minuto más me doy cuenta de que no está bien, cafile0001745461707mina  zigzagueando y desorientada. Dejo el libro en la mesa, y me invade una sensación extraña. Por un lado miedo, miedo de que algo pueda pasarle. Imagino que se siente indefensa, y en cualquier momento puede cruzarse con otras personas que se aprovechen de su mal estado evidente. Ya no porque no lleve ropa, sino por su forma de andar y mirar. Pero, por otro lado temo inmiscuirme en su vida, que no quiera ni necesite ayuda, y que me guste más un drama que dormir.

Después de 10 minutos, observo cómo ha pasado por el mismo sitio hasta en  tres ocasiones. Es obvio que está desorientada y he visto cómo le han entrado arcadas a mitad del camino, un camino angustioso que ha recorrido varias veces y que le ha traído al mismo punto de partida.

Qué le ha pasado, me pregunto, para terminar una noche de agosto, quizá después de un día de playa, de madrugada, sola, desnuda y descalza por ahí y desorientada.

Sube una vez más la calle, y me decido. Cuando baje estaré ahí para ayudarla. Le preguntaré si me necesita, si puedo hacer algo por ella. Temo por su integridad, tengo miedo. Imagino que ella también. Me quedo mirando fijamente en pie cómo llega hasta la esquina, hasta donde alcanzan mis ojos y espero a que de la vuelta a la manzana como ha hecho hasta ahora. Espero, miro el reloj, las dos y diez de la madrugada. Qué calor. Pasan los minutos y ella no aparece. Bajo en el ascensor, y la busco, miro por dónde ha pasado y no hay rastro de sus pisadas. El silencio es molesto y siniestro ahora. Una sensación que no logro expresar con palabras pero que me paraliza, que aún hoy me sdsc04748eca la boca, hace que me suden las manos, que una especie de pared se coloque en mi garganta y no pueda respirar me invade.

He vuelto a casa. Estoy en mi balcón. Sigo pensando en ella. Y nunca supe qué le pasó. Si encontró su casa. Me sigo preguntando qué habría pasado si yo no hubiera esperado. Si necesitaba que alguien le tendiera una mano. O quizá no, quería estar sola, encontrar su portal lo antes posible y dormir. Quizá para ella fue una noche loca de verano, con unas copas de más y una vecina cotilla de sobra.

Y hoy te recuerdo, espero que estés bien, porque en mi conciencia queda  y pesa, la noche en que no hice nada. No sé de ti, chica que camina descalza, desnuda. La  chica del bolso grande de playa negro y  lunares blancos.

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*Fotografías:Banco Imágenes Morguefile

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