POR DEBAJO DE LA MESA-

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Notas ese olor tan característico, te entra por la nariz, irrumpe en la garganta provocando un picor  y te caen dos lágrimas por el extremo de tus ojos.

Antisépticos, ácido hipocloroso. Crees recordar haber leído una vez que así se superpone el olor a sangre, a  muerte y se  mata al  bicho.

Haces un esfuerzo titánico por ver, pero no sirve de nada. Un fuerte dolor  y la rigidez de tu cuerpo te impide mirar a tu alrededor. Como si tus párpados dejaran de haber sido unas finas membranas que alguna vez coloreaste y ahora pesan toneladas. Lo notas, si los mueves su peso los romperán en pedazos, como cuando un  vaso de cristal cae, y sus trizas se esparcen en el suelo. Pero tu capacidad olfativa parece estar intacta, y hay olores indescriptibles pero a la vez inconfundibles, y el de los hospitales es uno de ellos.

Y estás ahí inmóvil, no ves pero sientes. Vas intentando recodar cómo has llegado, por qué. Y gritas, un grito sordo y desesperado. Y sabes que no sirve de nada, porque tu voz no alcanza.

Tu cuerpo está como un puré de papas recién triturado. Aplastado. Tu saliva, amarga, con un toque de sal. Y ese sabor también lo conoces, sabor a sangre, tantas veces sentido. Como el vaso de agua al despertar. Y ahora lo sabes, y vuelves a gritar. Como gritaste anoche y llevas gritando cada día, cada noche durante dos largos años.

Miedo, el miedo, el estado perpetuo en el has vivido, en el que estás viviendo se apodera de ti. ¿Vendrá a pegarte de nuevo? Ahora todos lo sabrán, pero es que yo también soy culpable. Culpable por ponerme esa falda, culpable por sonreír a ese hombre que me cedió el paso, culpable por pensar dejarte, culpable.

Empezaste una tarde retorciendo la piel de mi brazo, por debajo de la mesa, como dice el bolero, porque te interrumpí al hablar. Un morado me recordó que estaba mal, porque tus palabras eran mandamientos. Otra vez con un cigarro, igual que en el bolero , solté una carcajada a otro hombre en una reunión de amigos, culpable. Y aguanté el dolor, y  la marca de la quemadura me recuerda aun hoy que no te podía  hacer tal desprecio.

Una noche  me cruzaste la cara, de lado a lado, en casa. Llegué tarde, no te avisé, lo siento. Esos días en los que tus compañeras  de trabajo te animan a tomar una caña y perdí  la noción del tiempo. Pero tú me lo dejaste claro, aunque a la mañana siguiente me viste con un ojo hinchado, el labio partido y la toalla del baño que compartimos empapada en sangre. Te asustaste, me pediste perdón, me compraste flores.

Y así, pasaban los días y los te quiero, pero tengo miedo. Porque ya no sé cuándo lo voy a hacer bien. Y te desprecias, por todas esas veces que sientes que le estás obligando a comportarse así, porque ya no tienes nada. Por no tener no tienes vida. Porque si te alejas vuelve, porque para no enfadarle has dejado a tu familia, el trabajo y no hablar de amigas. Tú teléfono está vigilado, su número es tu contacto favorito y el resto de aplicaciones para conectar con el exterior son constantemente custodiadas.

Todo parece haber terminado, una legión de médicos, psicólogos y policías entran en lo que parece la habitación de este hospital en el que estoy inmovilizada. Escuchas sus voces como en otra dimensión, un fuerte pitido como el de una televisión mal sintonizada se mezcla con el sonido de sus palabras, y  te llaman por tu nombre. Y lloras, lloras como ya no recordabas que podías hacerlo. Tus lágrimas saladas  caen en tu boca que aun sangra.

Una mujer se acerca y te calma. Él no volverá, ya no puede hacerte daño.  Y a modo de película empiezas a recordar. Le dijiste que nunca más, que te ibas, sacaste valor apartando el terror, te pusiste tacones y perfume, todo lo que él odiaba. Porque se sentía más bajo, porque le recordabas sus frustraciones, porque vivir en igualdad para él significaba sumisión y empezaron los golpes. Intentaste defenderte, gritos, platos rotos, ¡ayuda por favor! Pero todo se tornó negro,  dejaste de oír y desapareció el dolor.

Tienes suerte, te repites una y otra vez, estás viva. Los médicos y policías se han ido. Vuelves a estar sola en la habitación. Esa mujer dice que ya no volverá, nunca. Sin saber bien qué significa, en tu cabeza resuena que estás viva, y vivas nos queremos.

2 Comments on POR DEBAJO DE LA MESA-

  1. Me ha encantado que dediques uno de tus relatos a este problema que aún no se ha erradicado en pleno sigo XXI y que da fuerzas y esperanzas para abrir la puerta de su alma a aquellas personas que lo puedan necesitar ya no sólo mujeres, sino niñ@s y personas indefensas. Enhorabuena!!!!

    • ¡Muchas gracias! Y después de las noticias de los últimos días es más que necesario que sigamos alzando la voz.
      Gracias por participar con los comentarios, me da muchos ánimos para seguir aprendiendo.
      Saludos,

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