Relato especial Día del Padre: ‘No corras más’

día del padre no corras más

Hace tiempo que te observo, más bien atesoro momentos. Sí, he llegado a esa etapa en la que aprendes a hacerlo. Tu ligera cojera al caminar, es como un vals, pero le imprimes ritmo. Un ritmo que te define. Siempre recto, decidido y puntual. ¿A dónde quieres llegar?  Rápido, aunque tus rodillas algo maltrechas en ocasiones te impidan darle esa velocidad con la que caminas y diriges tus pasos, tu vida. Siempre dices que es cosa de la edad, pero que va, fue el trabajo, fue la precariedad, tu esfuerzo y también que te gusta poco descansar. Tus manos, esas manos enormes, casi desproporcionadas. Podría decir que son como una gran manilla de plátanos, pero aparte de sacarte una sonrisa no explicaría que las durezas son de las horas dedicadas a construir un hogar, y su tamaño se debe a la cantidad de veces que has soportado los cimientos de una familia. Como cuando cuentas que no tuviste infancia. Que al ser el mayor de cuatro hermanos te encargabas de todos los recados, y te entretenías a veces, y tus padres  te daban una reprimenda tal, de las de esos tiempos, y no de las del rincón de pensar.

Tu bigote, que sube y baja cuando sonríes, ahora cada vez lo haces más. Y no te creas que es tu cómplice donde resguardarte de tus tristezas, enfados o dolor. Porque siempre ha estado ahí, imprimiendo carácter a tu rostro.

Pero tu expresión está en tus ojos. Pequeños pero vivos, en tu mirada se puede navegar. En tus ojos se puede encontrar paz, pero también la más grande de las sonrisas, porque el bigote tapa tus labios, pero tus cejas no consiguen tapar esos dos puntos  marrones casi negros que se rasgan y te hacen perder toda esa seriedad impresa algo impostada.

Tu pelo cargado ahora pinta canas, a juego con el bigote que tanto recortas y mimas, porque cuando quieres ponerte elegante, eres el que más.

Te bajaron del andamio antes de lo que a ti te hubiera gustado, y ahora te dedicas al cultivo, al cuidado de unas tierras baldías de nombre pero no de cosechas. Podrías descansar, pero claro, a ti te gusta el movimiento constante,  la velocidad, por eso sorprendiste a todos con esa moto.  Por eso cuando tomas café y los demás aún están dándole vueltas a esas cucharillas en miniatura, tú lo  bebes  de un solo sorbo, te pones en pie y ya te estás marchando. Todos te miramos con nuestras tazas en las manos, sonriendo y pensando cómo lo has hecho y acabamos riendo y diciéndote que a dónde vas con tanta prisa. Siempre con el motor arrancado, a algún sitio quieres llegar.

Imagino que es porque abuela y abuelo te metieron la prisa en el cuerpo a base de golpes cuando querías jugar con los niños de tu edad a meter los boliches en los agujeros  de las calles de tierra donde hoy hay asfalto.

Lo único que en ti va lento  es el sonido de tu respiración al hablar, un murmullo, como un ligero viento que se cuela  por una ventana entreabierta. Porque siempre tienes pequeñas grandes historias que contar, enseñanzas   o  reflexiones que dejar en el aire, y tus palabras van saliendo poco a poco, y tus pulmones se cansan y es ahí donde se escucha ese pequeño sonido que me gustaría grabar, porque te observo, porque tengo en mi memoria como tesoro cada momento tuyo, cada momento nuestro.

 

De pequeña te veía más alto, y lo eres, pero claro todo depende siempre de las perspectivas. Lo que no ha cambiado es la fuerza de tus abrazos, los que das con tus enormes manos, esas con las que hoy intentas manejar tu smartphone, y cuando querías pulsar una letra te salían cuatro. Pero eso ya lo tienes controlado, porque aprendes rápido. Porque tienes una cultura envidiable, porque eres un gran lector, un politólogo que ya querría  ‘La Sexta’, un marido ejemplar, una persona sin un ápice de maldad, pero sobre todo eres un padre en mayúsculas. Así que ve más despacio, no corras más, que te necesitamos, que te queremos disfrutar.

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