Carta a una niña “gordita”

gordita

Hola,

Te escribo esta carta porque ha llegado el momento en que tú y yo hagamos las paces. Ha llegado el momento en el que nos reconciliemos.

Te escribo esta carta para pedirte perdón, y para que te perdones. Es cierto que he sido dura contigo, pero es que son muchas las presiones para que esto haya sido así.

Desde niñas, ¿te acuerdas?, compañeros de clase que te llamaban gorda, que te llamaban vaca, que buscaban hasta cómo se decía en inglés para ser objeto de sus burlas.

¿Recuerdas cuánto tiempo tardaste en pasar del bañador al biquini?, mucho verdad. Y no había ninguna razón para ello, pero es que yo te hacía creer que debías sentir vergüenza.

Eras la más gordita de tus hermanos, eras la más gordita de tus amigas, la más gordita de la clase de karate, la más gordita  de entre todos y todas las que te rodeaban. Siempre, la más gordita.

Tú no te dabas cuenta, pero en la publicidad, en la sociedad ya te estaban preparando para que fueras sintiendo esa loza de presión sobre tus hombros que nos cae a las mujeres desde que nacemos, y que en la preadolescencia ya tenemos encima sin que nos hayamos dado cuenta, por lo que en aquel viaje de fin de curso, mientras tus compañeros se bañaban en la piscina del hotel, tú no llevaste el bañador. Y lo hiciste primero porque aún no te depilabas, y segundo porque no querías mostrar tu cuerpo que sentías imperfecto  y diferente, el único diferente al resto. Y pusiste miles de excusas, pero la realidad era esa.

Y luego llegó el instituto, y hubo una excursión al Octopus, y claro, tampoco fuiste, porque cómo ibas a ir, cómo ibas a ponerte delante de toda esa gente tan perfecta de nuevo en biquini, cuando por fin ya lo hacías delante de tu familia, con lo que te había costado, hacerlo delante de aquellos nuevos compañeros que al menos ellos no te insultaban, por el momento.

Y llegó un día en que vimos esas fotos juntas, la niña, la adolescente y yo. Y resulta que no, que quizá hubo momentos en que tenías algún kilo de más, pero tenías la realidad totalmente distorsionada.

Ni eras obesa, ni tenías problemas de peso simplemente eras tú. Una chica normal, de talla 42, máximo 44 cuando tuviste unos años más. Y creciste creyendo que eras algo que no eras, pero que si lo hubieras sido tampoco pasaba nada.

Porque yo ahora sí tengo ese “problema”, y lo hemos tenido en los últimos años en diferentes épocas, pero también hemos estado delgadas, y ¿qué ha pasado cuando hemos estado delgadas?

Que nos hemos seguido mirando al espejo con asco, diciéndonos que por qué esa barriga está ahí, y por qué esos muslos son tan grandes y tapándonos con pareos en la playa.

Se acabó. Lo último que nos hemos hecho ha sido estar el día antes de una prueba médica es estar metidas en la ducha con una hojilla depilándonos a todo correr porque qué horror que nos vieran así. Qué iban a pensar de nosotras unos médicos y enfermeras si nos ven las piernas de aquella manera.

Se acabó. Tú y yo nos vamos a reconciliar con nosotras mismas. Vamos a ver nuestras fotos desde que éramos niñas hasta lo que somos ahora y nos vamos a aceptar por lo que somos y como somos.

Es cierto que he decidido que quiero cuidarme, por razones de salud. Pero últimamente he confundido esas razones y me he obsesionado.

Y alguien me dijo que si no aprendo a quererme tal y como soy, esté como esté da igual el esfuerzo que haga, la talla que tenga, nunca será suficiente.

Te pido perdón por tantas palabras que te han ayudado a que te avergüences del cuerpo que habitas. Que sientas asco al ver el reflejo en un espejo.

Pero imagina lo duro que es que mientras intentas buscar un vestido para la boda de una amiga, una reconocida marca nos diga que su nueva modelo curvy es una mujer de metro setenta y pico con 55 kilos y yo la vea y piense: ella es perfecta, ¿yo qué soy?

O que otra marca muy y mucho española para lanzar su nueva colección saque a una mujer extremadamente delgada, con un cuerpo que bien podría ser el de una niña de 10 años aún no desarrollada, y piense , yo ahí no podré nunca entrar a probarme nada.

Y todos esos mensajes, que te dicen que si no te depilas y eres mujer, eres una guarra. Que si las mujeres que salimos a manifestarnos el 8 de marzo no habíamos pasado por la ducha, y eso no lo dijo cualquiera en una red social, lo dicen representantes políticos, periodistas, lanzando mensajes que nos hacen sentir muy pequeñitas. Bueno en mi caso pequeñita con un cuerpo muy grande.

Pero a pesar de todo y de todos, me reconcilio conmigo. Me voy a intentar poner unas gafas de color violeta que me hagan ver como una mujer que vale su peso en oro. Pese 100 kilos o 60. Con mis aciertos y mis errores, con mis logros y fracasos.

Porque es la única manera que existe para recuperar algo que es solo nuestro, y que depende en gran medida de nosotros mismos, nuestra autoestima.

Aprender a querernos. Aunque sea a sorbitos. Aunque sea a pequeñas dosis, como esa pastilla que nos dan para calmar la ansiedad. Que probablemente trabajando un poco nuestro interior bajemos dosis de pastillas y aumentemos dosis de amor propio.

Querida yo, soy tú,  y juntas recorreremos el camino de reconciliarnos, pedirnos perdón y por fin mirarnos desnudas ante un espejo y abrazarnos.

3 Comments on Carta a una niña “gordita”

  1. Sinceridad a raudales. Ponlo en práctica y funcionará. Está escrito desde el corazon y con calidad.

  2. Enhorabuena!! Has expresado con claridad lo q a tantas y tantas yo y minis yo nos ocurre. Espero q tu relato nos ayude a todos y todas a aceptarnos tal y como somos. Seres increíbles, irrepetibles, extraordinarios y creados de la misma materia q el Universo.Sigue regalando sueños.

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.


*