La escritura en los tiempos del coronavirus

el planeta con máscara por coronavirus

Un vaso de plástico, doce uvas. Una familia alrededor de una mesa escucha a través de la radio los últimos sonidos del año que termina. Nos miramos a los ojos. Ojos vidriosos , entre alegrías y tristezas. La alegría por lo que viene, tristeza por los que ya no son.

Y suena la última campanada y con la boca llena en un nuevo intento de comerte esas doce uvas que nunca consigues acompasar a un mismo ritmo suena la música que indica que ya llegó.

Abrazos, lágrimas contenidas, otras no tanto, besos furtivos y otros apasionados.

Pero nadie, ni tú , ni yo lo sabíamos. Los planes de boda, ese viaje en marzo, ese abrazo aplazado.

Todos esas muestras de cariño que nos dimos, y que ahora no te puedo dar. Eso que damos por hecho y que hoy es un prohibido.

Pero es que China estaba lejos, «coronavirus» decían que se llamaba. Pero lejos queda ahora aquel fin de año que predecía un 2020 lleno de nuevos propósitos y sueños por cumplir. Que quedan aplazados. No por culpa del virus, por culpa de «ya lo haré mañana».

Y mañana terminó con enero, y pasó febrero. Y los días caían del calendario como las hojas del árbol de la esquina de mi barrio, el de las flores rojas. Ese que cada tarde, cuando salimos a aplaudir a los héroes sin capa veo y me doy cuenta de que ya florece.

Y entonces, es entonces cuando recuerdo a aquellos poetas muertos que inventaron el «carpe diem » . Y en pleno 2020 nosotros tan con nuestra tecnología, tan con nuestras plataformas digitales, tan con nuestra wifi y nuestros móviles de última generación no sabemos vivir viviendo.

Yo, al menos no me di cuenta de que llevo meses confinada. Yo, al menos no me di cuenta de que llevo meses en mi particular cuarentena.

Pero hoy, hoy al menos la escritura me salva, una vez más ordeno, expongo y sé, sé que todo va a salir bien.

Y que ahora sí: Ya lo haré mañana.

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